Lees y te vas | | Alejandra Pedroza Marchena

4.11.12

Lo que mis ojos mexicanos retrataron de la Alemania de unas horas


Frankfurt, Junio del 2006.





El avión de poco en poco descendía. Una siente cuando las llantas ya tocaron piso. Y no sólo por las vibraciones en el trasero, se siente arriba de la vagina, un arrebato, un piquetito, acompañado de unas distraídas ganas de hacer pipí. Como en las carreteras que a gran velocidad, el carro sube y baja repentinamente.

Estábamos en alguna sala del aeropuerto. En la fila que nos indicaba "usted es extranjero y ha llegado a Alemania". Agradecí por recordármelo. Pasos lentos en la fila, era yo con mi pasaporte que enseñaba mis 15 años y Ramón con un par más.


Recién estirábamos los pies después de un vuelo de 13 horas donde por primera vez probé cervezas internacionales. Luego de mirar a personas de piel roja, negra, blanca y amarilla y hombres con turbante y barba larga, mujeres con vestiduras que apenas y la irirs de sus ojos se podía mirar; yo sólo atiné a decir: "Esto es como en la tele".


En unas máquinas raras compramos boletos para el metro. Éramos unos 13 mexicanos en el grupo y teníamos una tarde por delante, en Alemania 2006, en lo que venía siendo el mundial.



El centro de la ciudad es muy paseable. O lo fue ese día, ese momento que estuve ahí. Las personas vestían las playeras del color que distinguía a su nación. La cerveza en la esquina, en la plaza pública y en el bar, jóvenes y viejos se las disfrutaban aquel día nublado, desde sus tarros grandes y helados, donde se reflejaba el cielo.

Ramón y yo éramos unos pequeñitos en un mundote, en el viejo mundo. Teníamos ganas de mordisquearlo. Los devorados fuimos nosotros.

Comenzamos a caminar. Nuestras caras se iban de un lado para otro y no se nos ocurrió mirar al frente, nuestro rumbo.

"Ah no mames, va al trabajo en bicicleta", me dijo Ramón. Al voltear vi a un hombre adulto, de traje y corbata con un mletín sobre sus dos ruedas. Nos sorprendimos los dos. Una, las bicicletas aún no agarraban tanto auge de modernidad en estas tierras; dos, menos para ir a trabajar con todo y saco y maletín. Ese hombre no fue el último.

"Aquí sí piensan" me dije. Fue la primer señal ideológica de primer mundo que encontré en ese lugar. Imposible dejar de comparar a mi país. Vamos, es la referencia que llevo intrínseca por excelencia, el lugar donde crecí.

Seguimos caminando. Mirar a un lado era encontrar edificios de gran tamaño y adornos detallados por doquier, en buen estado, con ventanas grandes y balcones. Mirar a otro era para topar la sombra de algún rascacielos de ventanas cristalinas dónde el reflejo del humano era como un punto del color de su playera futbolera.


En nuestro camino se atravesó un olor a quemado. Unos pasos más y unos jóvenes venían por la misma acera en dirección a encontrarnos. Con nuestra cara de sorprendidos por estar pisando tierras alemanas los vimos fijamente con sonrisa de "no soy de aquí y estoy dispuesto (a) a hacer amigos extranjeros". Me imagino fueron nuestros dientes que enseñaban inseguridad, a lo que ese grupo de jóvenes (sí muchachas, sí son como en las películas: altos y güeros), se llevaban un limón a la boca, inhalaban, lo trataban de mantener en sus pulmones el mayor tiempo posible y mientras exhalaban nos gritaban cosas, con enojo y seguramente ganas de desahogar alguna dificultad existencial. A mi oído era algo así como:
"ratzinbug yoitrumberguer".

Y con el miedito entre las piernas y su permiso, adelantamos el paso. Volteábamos discretamente para atrás "no nos vayan a puetar". Cuando los perdimos a ellos, nos dimos cuenta que también los perdidos éramos nosotros. Caminando en lo desconocido, olvidamos ver por dónde habían ido nuestros pasos o tratar de leer nombres de calles. "¿Dónde vergas estamos?" .


Dos adolescentes mexicanos perdidos en Frankfurt. En ese ratito se sentía una saciedad de haber visto ya tantos edificios europeos. Las ganas eran de saber dónde estábamos, y cómo volver, de no perder a nuestros compañeros, ni nuestro vuelo siguiente.

Intentamos aplicar esa táctica de volver por donde habíamos ido. Recuerdo que las calles no eran simétricas, si caminábamos por algún lugar, salíamos a otro desconocido que no era por dónde habíamos pasado.

En una de esas ocasiones de cara esperanzada donde caminamos tratando de encontrar lugares conocidos, el semblante nos cambió. No precisamente por reconocer lugares.



Sobre la esquina, a nuestro paso se alcanzó a ver una mujer con un brazo estirado y con otro, apuntando una jeringa. La clavó.

Ramón, con su gusto diario y en demasía por las drogas, respondió a lo que sus ojos vieron: "Ah no mames qué perro... en la calle".

No me asusté. Tampoco me causó gracia.


Nos encontramos. En las escaleras del metro se nos terminó el día.



Se fue la Alemania donde el libertinaje entra en la cotidianidad y llegó ese cambio de visión que se obliga con los viajes.
La risa por lo desconocido y la tolerancia por lo diferente.



Vino la noche y con ella un vuelo a Turquía.